Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Tomen y coman: esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos.Marcos 14, 22-24
En aquellos días, Moisés bajó del monte y refirió al pueblo todas las palabras y los mandatos del Señor. El pueblo entero respondió a una voz: «Haremos todo lo que dice el Señor».
Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano, construyó un altar al pie del monte y erigió doce piedras conmemorativas, en representación de las doce tribus de Israel.
Después mandó a algunos jóvenes israelitas a ofrecer holocaustos e inmolar novillos como sacrificios pacíficos en honor del Señor. Tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar.
Luego tomó el libro de la alianza y lo leyó al pueblo, y ellos respondieron: «Obedeceremos y haremos todo lo que manda el Señor».
Entonces Moisés roció al pueblo con la sangre, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a todo lo que él ha dicho».
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Levantaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor. R.
Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava: tú rompiste mis cadenas. R.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando el nombre del Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. R.
Hermanos: Cristo, ya llegado el tiempo de los bienes definitivos, vino como sumo sacerdote, pasando por una tienda más grande y más perfecta, no construida por mano de hombre, es decir, no de este mundo creado.
No tomó consigo sangre de machos cabríos ni de becerros, sino su propia sangre, con la cual entró una vez para siempre en el santuario y nos obtuvo una redención eterna.
Si la sangre de los machos cabríos y de los becerros, y el rociar con las cenizas de una becerra a los profanados, santifica y purifica externamente, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras de muerte, para que demos culto al Dios vivo!
Por eso Cristo es mediador de una alianza nueva: para que, una vez muerto él para redención de los pecados cometidos durante la primera alianza, los llamados reciban la herencia eterna prometida.
El primer día de la fiesta de los Panes Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?».
Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad; les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo y, en la casa donde entre, digan al dueño: "El Maestro pregunta: ¿Dónde está la sala en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?". Él les mostrará una sala grande en el piso superior, ya dispuesta. Preparen allí la cena para nosotros».
Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomen, esto es mi cuerpo». Después tomó un cáliz, dio gracias, se lo entregó y todos bebieron de él. Y les dijo: «Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos.
Les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios».
Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos.
La Iglesia celebra con solemnidad la presencia real de Cristo en la Eucaristía, su Cuerpo entregado y su Sangre derramada en la cruz, que se hacen presentes en cada Misa bajo las especies del pan y del vino.
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