San Antonio de Padua, presbítero y doctor
Eliseo dejó los bueyes, echó a correr tras Elías y le dijo: «Voy contigo».1 Reyes 19, 20
En aquellos días, Elías partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando. Tenía delante doce yuntas, y él conducía la duodécima. Elías, al pasar junto a él, le echó encima su manto.
Eliseo abandonó los bueyes, echó a correr tras Elías y le dijo: «Déjame ir a despedirme de mi padre y de mi madre, y te seguiré». Elías le respondió: «Anda y vuelve; piensa en lo que te he hecho».
Eliseo se volvió, tomó la yunta de bueyes y la sacrificó; con el yugo de los bueyes asó la carne y se la dio a la gente, para que comiera. Después se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio.
Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano. R.
Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. R.
Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.
Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, mientras ellos regresaban, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada de camino y lo buscaron entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca. Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían quedaban asombrados de su talento y de sus respuestas.
Al verlo, se quedaron atónitos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos llenos de angustia». Él les contestó: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que les decía. Jesús bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Franciscano portugués, predicador incansable y doctor de la Iglesia. Llamado «martillo de los herejes» y «arca del Testamento» por su dominio de la Escritura. Es uno de los santos más queridos en México, invocado por los necesitados y por quienes buscan lo perdido.
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